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Mi árbol


He vivido en demasiadas casas como para creer en las casas.

Las casas cambian de número, de barrio, de ruido.

Yo no extraño muebles: extraño la manera en que un árbol sostiene el aire.


No importa dónde esté.

Siempre es el mismo.

Mi árbol.


Tiene muchas pieles: verde, oro, rojo, nieve.

A veces es un esqueleto contra el cielo,

a veces una sombra llena de hojas donde la luz aprende a entrar lento.


Yo lo miro desde abajo, como se mira lo que no se puede poseer.

Y cuando lo encuentro, el cuerpo entiende:


En mi casa —en cualquier casa— siempre dejo algún rincón para mirarlos. Me acomodo. Me ubico. Me siento. Y entonces hago lo que más me gusta: mirarlos de abajo hacia arriba, seguir el tronco, entrar en la copa, mirar las hojas, y ver cómo la luz se cuela entre ellas.


Porque ahí la luz no cae: se filtra. Y ese filtrarse es una forma de cariño: no golpea, no invade, no exige. Solo entra, dosificada, como si el árbol supiera exactamente cómo llegar a mí.


Y aquí viene lo más raro —o lo más verdadero—: yo siento que, aunque suene extraño, siempre es el mismo árbol. No importa el lugar. No importa el tiempo. No importa la estación. Para mí es el mismo. Mi árbol.


Como si hubiese un solo árbol que se disfraza de muchos para acompañarme. Como si cada árbol que miro fuese una variación del mismo cuerpo: el tronco como columna, las ramas como brazos, la copa como un techo vivo que no me encierra, que solo me cubre. Como si mi casa real no fueran paredes, sino esa sombra.


Y si pudiera condensar todos los árboles de mi vida en uno, sería ese: el que cubría el patio entero. Era enorme. Tan grande que no parecía árbol: parecía territorio. Y yo, dentro de la casa, me sentía en un nido de su copa. No debajo: dentro. Contenida. Sostenida. Segura. Como si la casa estuviera en él. Como si mi vida —mis mudanzas, mis cambios, mis pérdidas— hubiera tenido siempre esa misma necesidad secreta: vivir cerca de una altura que no se cae.


Tal vez por eso no extraño las casas. Porque lo que yo busco no es un lugar fijo: es una forma de presencia. Algo que permanezca sin pedirme nada. Algo que esté ahí incluso si yo no estoy. Algo que crezca sin explicaciones, que me recuerde —solo con existir— que hay estructuras que no se rompen y no abandonan.


Los árboles no te prometen. No te juran. Solo hacen lo suyo: sostener cielo con ramas, sostener sombra con hojas, sostener tiempo con raíces.


Y yo, cuando los miro, siento una paz antigua. Una paz que no viene de “tener casa”, sino de reconocer algo mío en el mundo. Como si cada árbol me dijera, sin palabras: aquí puedes estar, aquí puedes dormir.


Por eso, cuando digo “es el mismo árbol”, no estoy confundiendo especies ni geografías. Estoy nombrando una experiencia: la única continuidad que he tenido sin esfuerzo. Mi manera de pertenecer. Mi manera de volver.


Mi árbol.


Y yo abajo, mirándolo hacia arriba, como quien mira un techo que no pesa. Como quien, por un momento, no necesita nada más y por fin puedo cerrar mis ojos y dormir.


L. L.




 
 
 

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